Cargando

Escribe para buscar

por qué es tan importante contratar un seguro médico

SPOILER ALERT: Esta NO es una guía sobre cómo contratar un seguro, qué incluye y qué no, cuánto sale o cuál es la mejor compañía para usar. Este es un relato en primera persona sobre TRES SITUACIONES PUNTUALES que derivaron en hospitales y que, de no haber sido por el seguro médico, hubiese tenido que pagar una fortuna. Como conozco gente que todavía se cuestiona si sirve o si no, si es plata tirada a la basura y no les alcanza con saber que, por ejemplo, para aplicar a las visas de trabajo, el seguro médico es un requisito obligatorio o, tal vez, el hecho de que en muchos aeropuertos o controles fronterizos pueden pedirlo (y en general lo hacen), entonces lean estas tres situaciones extremas y comenten si logré convencerlos de contratar alguno.

 

 

SITUACIÓN 1: SIN DUDAS, LA MÁS GRAVE (y la que más plata hubiese costado)

VAIL, COLORADO, ESTADOS UNIDOS, diciembre de 2014

 

Es sabido que la atención médica en Estados Unidos es muy costosa, incluso para los mismos locales. Siempre me han asustado los comentarios de algunos amigos o mismo alguna que otra película hollywoodense, donde se veía al protagonista hacer hasta lo imposible por conseguir atención medica porque no podía pagarla. Atenderse en un hospital público de Estados Unidos es caro –especialmente caro para un bolsillo argentino– y estoy hablando desde lo más básico, como una simple descompostura o una carié, hasta algo más complicado como una internación. Si bien contar con un seguro médico es requisito obligatorio para acceder a una visa de trabajo e incluso, muchas veces, a una de turista, es sencillamente fundamental cuando estás de viaje por un país como este.

Para ponerlos en contexto les voy a adelantar dos cosas: Primero, hacía menos de un mes que había llegado a Vail, un pueblito montañoso conocido principalmente por sus centros de ski, y estaba que desbordaba de emoción. Tal era la adrenalina que sentía que me olvidaba de  tomar ciertos recaudos básicos como usar bufanda, guantes, no salir con el pelo mojado, en un lugar en donde, a fines de diciembre, la temperatura ronda los -20 o -25 grados; o sea, frío en serio. El segundo inconveniente es el cambio constante de temperatura; pasas de los 25 grados adentro de un bus o un café a los -25 grados de la calle. Ese cambio continuo realmente complica las cosas; y eso, claramente, no ayudó en absoluto a mis pulmones.

Todo comenzó con un inocente resfrío. El resfrío continuó durante dos semanas, cada vez peor, con tos, dolor de pecho y temblores; pero, como era plena temporada alta y había muchísimo trabajo, no le presté demasiada atención. Hasta que una noche levanté fiebre, empecé a temblar fuerte en la cama que compartía con una compañera, dentro de un cuarto donde dormía con tres argentinas más. La tos fue tan fuerte que llegó un momento, a la medianoche o quizás ya de madrugada, en que prácticamente no podía respirar. Sentí un puntazo muy fuerte en el lado izquierdo que sinceramente pensé que me estaba infartando. Con la mano derecha, moví a mi compañera que estaba inerte a todo lo que pasaba a su lado y seguía roncando, y le susurré con la poca voz que tenía: “Loli, no puedo respirar”. Enseguida tenía la luz prendida y mis tres ángeles guardianes se despertaron asustadas y empezaron a preguntarse qué hacer. Recuerdo que una corría a traerme agua, otra buscaba entre mis cosas la tarjeta del seguro médico y la tercera ya estaba con el teléfono en la mano para llamar a emergencias. Por supuesto que yo minimizaba la situación y no quería salir de esa cama calentita para ir a ver a ningún médico ni mucho menos que uno viniera a la casa (típico comportamiento mío). Esperamos unas horas hasta que amaneciera y, como la situación en vez de calmar, empeoraba, a cuestas me llevaron al hospital más cercano. Ya se habían comunicado con mi seguro médico y ellos le habían indicado a qué centro de salud podían llevarme (tampoco es que había muchas opciones, eh). Al llegar, yo ya no podía casi ni hablar y mucho menos pensar en inglés y explicarle a la recepcionista qué me pasaba o cuál era mi número de pasaporte. Ahí de nuevo, mis ángeles al rescate me ayudaron e hicieron todo el papelerío que había que hacer y, a los diez minutos (¿o una hora? ¡cómo saberlo!) me vino a buscar un médico de guardia. Para ese momento volaba de fiebre, así que lo único que recuerdo son flashes de ir de un lado a otro, de andar con un termómetro y sacarme placas, de que me viera un médico, de que me viera otro. Hasta que finalmente me dejaron en una camilla un buen rato y creo que me quedé dormida. Me despertó un señor mayor, de ojos claros y con acento sureño, y me dijo con voz seria: “si viniste de vacaciones a esquiar, lamento decirte que ya no vas a poder”. Claro, él pensó que era turista. Cuando después de tartamudear un poco le expliqué que había venido a trabajar por la temporada y que tenía que volver pronto porque a las dos de la tarde empezaba mi turno, él simplemente se sonrió y no dijo más nada. Apuntó un par de cosas en un papel y, mientras me lo entregaba, me dio el diagnóstico: tuviste un principio de neumonía en el pulmón izquierdo, vas a tener que estar en cama por, mínimo, dos semanas y seguir al pie de la letra el tratamiento que acá te detallé. Ahí mismo me largué a llorar. Creo que me importaba más perder dos semanas de trabajo (las dos semanas más movidas de la temporada) a que mis pulmones necesitaran reposo. Más tarde, ya más tranquila, entendí la seriedad del asunto y, aunque arañaba las paredes del aburrimiento, cumplí el tratamiento a raja tabla y me quedé encerrada y en cama durante las dos semanas siguientes. Nunca saqué la cuenta de cuánto hubiese salido este chiste de no haber tenido un seguro médico.

 

 

SITUACIÓN 2: LA MÁS RIDÍCULA (y la que más consecuencias tuvo)

PARÍS, FRANCIA, febrero de 2017

 

Antes de instalarnos en el sur y empezar a buscar trabajo, decidimos –ya que el vuelo nos dejaba en esa ciudad– hacer una parada larga en París. Nacho ya conocía, pero yo no. Estaba pisando Francia por primera vez y, por supuesto, el alerta turista se activó de inmediato: tenía que visitar París y conocerla entera. El plan era el siguiente: pasar juntos una semana y después yo me quedaba sola un par de días más mientras él se iba a visitar amigos a Eslovenia.

Pasamos los primeros dos días con mucho frío pero muy felices. Yo era como una niña curiosa, que brincaba de un lado a otro y casi no podía dormir de tanta alegría. Al tercer día, como estaba un poco despejado y el sol por ratos se dejaba ver, decidimos ir al mirador de Notre Dame. Recorrimos muy brevemente el interior de la catedral (yo quería subir primero para captar algo de sol y después volver y hacer el recorrido más tranquila) y enfilamos hacia las escaleras. Para que puedan apreciar y entender mejor lo que sigue, les recomiendo que se den una vuelta por la sección “Sobre mí” y lean un poquito algunos detalles personales que no debería contar, pero que los cuento para que se entiendan bien algunas situaciones que me han pasado, como esta en Notre Dame. Como aclaré en esa sección, soy una persona atolondrada, ansiosa y muy torpe. A veces (no, mentira, casi siempre), no lo puedo controlar y la adrenalina del momento me enceguece y reacciono mal. Este fue, una vez más, el caso.

Repito la situación para que no se burlen de mí cuando terminen de leer: primera vez en París subiendo a uno de los más lindos miradores de la ciudad para captar un poco de sol y sacar una foto más o menos bonita y no tan gris. Obviamente que subí esas escaleras empinadas y estrechas lo más rápido que pude; obviamente que me abataté; obviamente que hice un mal movimiento con la rodilla izquierda (sí, el lado izquierdo de mi cuerpo y yo no nos llevamos muy bien) en algún momento y, obviamente, que no le di bolilla y seguí subiendo los últimos escalones como pude, intentando no doblar mucho la pierna –como si eso fuera posible– y no forzar tanto esa rodilla.

Llegué a la cima (Nacho todavía estaba a mitad camino), saqué 800 fotos y, por un buen rato, fui completamente feliz. A las horas, ese mal movimiento empezó a tener vida propia y a molestarme de verdad. Al otro día, me desperté un poco mejor y, como mi inconsciencia siempre me aconseja, seguimos recorriendo París y nos fuimos a visitar el peor barrio para una rodilla mal herida: Montmartre. Ahora a la distancia, reconozco que esa mañana al despertarme sentí cierto escalofrío que me atravesó todo el cuerpo, como una especie de mal presentimiento, un aviso de que ese día algo muy malo iba a pasar. En mi interior alguna voz un poco más consciente se pelaba con mi orgullo y a gritos le suplicaba “Mariel, por favor, quedate mejor en cama hoy, hace reposo, esa rodilla no está como para seguir subiendo más escaleras”. A mi orgullo se le sumaron mi emoción y mi insensatez, y juntos le dieron una buena patada a esa voz sabia y la callaron para siempre.

Arrastrando ya la pierna llegué a la puerta azul de la casa donde alguna vez vivió Van Gogh, pasé por el café donde se filmó Amelí y, cuando estábamos bajando unas largas escalaras para emprender el camino de vuelta, mi rodilla izquierda dio el tirón final y me gritó “hasta luego, idiota”. No la pude doblar más ni por ese día ni ¡por los siguientes setenta! Nacho ya enojado y cansado de mi imprudencia, llamó a nuestro seguro médico y le preguntó a qué guardia traumatológica podía llevarme. Una vez más, era llevaba a los tirones a un hospital por alguna persona un poco más sensata que yo. Discutimos en la recepción de un hospital público del barrio de Mairie de Clichy, en las afueras de París, un buen rato, intentando explicar con nuestro francés aún muy básico y acartonado lo que me había pasado. No sé si fue por cansancio o por lástima, pero el recepcionista nos devolvió los pasaportes de mal modo y nos señaló con el dedo la sala de espera. Estuvimos al menos cuatro horas esperando en una sala de guardia llena, con heridos mucho más graves que yo, todos gritando en un francés cerrado y extremadamente coloquial. Todo se movía en cámara lenta; parecíamos estar dentro de una película.

Finalmente, después de largas horas, alguien gritó mi nombre. Cuando me acerqué, una enfermera empezó a hablarme rapidísimo en francés y yo con la cara le suplicaba que hablara más despacio porque no entendía ni jota. Por suerte, dos residentes bastante jóvenes y simpáticos, me agarraron del brazo y, con un inglés pobre y contaminadísimo de la gramática y del acento francés, intentaron explicarme que me iban a hacer un par de radiografías. Esperé un buen rato más sola sentada en alguna camilla de ese inmenso hospital, con frío y mucho miedo de escuchar la respuesta que ya me imaginaba. Los dos jóvenes volvieron con las placas y, ayudándose mutuamente y uno terminando la frase del otro, me dijeron que había sufrido una rotura de meñiscos en la rodilla izquierda. Recuerdo que en ese momento solo distinguí la palabra menisque porque sonaba muy parecida al español y, como mi cara de confusión aún no se iba, uno de ellos unió sus dos puños e intentó hacerme la seña de “algo roto” con las manos para que la parte de “romper” quedara bien clara.

Tal es mi mala suerte que la primera (y hasta el momento única) vez que pisó una ciudad con la que tanto había soñado conocer, a los tres días me rompo la rodilla y tengo que estar en cama por el resto de las semanas que siguieron. ¡Ni las medias podía ponerme sola! ¿Cómo continuó todo? Fuimos a la farmacia del hospital y me dieron un inmovilizador que me sujetaba la pierna entera para usar todo el tiempo, incluso mientras dormía, durante al menos dos meses. Imagínense que, una vez más, rompí en llanto cuando caí en la cuenta de que la búsqueda de trabajo se iba a prolongar, pues no podía caer a Niza con un inmovilizador en una pierna y un CV en una mano a pedir trabajo.

Como siempre, de todo lo malo algo bueno sale. Me costó muchísimo entenderlo, y la frustración y la bronca por lo ridículo de la situación me invadieron durante varios meses. Pero, al menos, no tuvimos que tocar los pocos ahorros que traíamos encima para pagar la atención médica; y además, gracias a que no pudimos irnos a Niza en ese momento como habíamos planeado, cambiamos el rumbo y terminamos sumando al viaje dos grandes experiencias de trabajo voluntario que fueron posibles debido a mi rodilla maltrecha.

 

 

SITUACIÓN 3: LA MÁS SIMPÁTICA (con suero de por medio, practicaba mi italiano)

FLORENCIA, ITALIA, diciembre de 2017

 

De Florencia me enamoré: de los canales, de las galerías, de la arquitectura, del paisaje, del café expresso y, principalmente, de esas dos personas de enorme corazón que, de manera voluntaria, llegaron con la ambulancia y, con la ternura de un ser querido o un viejo conocido, me levantaron del piso frío del baño de un hostel y me llevaron hasta el hospital. No puedo pensar en Florencia y no recordar a ese hombre y a esa mujer que, con un italiano pausado y amigable, intentaron distraerme y hacerme sentir mejor durante el trayecto.

Nunca sabré si fue la comida que comí o la cocina del hostel donde la cociné, pero lo cierto es que, a los diez minutos de haber terminado la cena, tuve que correr al baño más cercano. Una vez, dos veces, al rato otra vez, y así durante un par de horas hasta que Nacho volvió a asustarse y –ya experto en el tema– agarró el teléfono y llamó a nuestro seguro médico.

La guardia del hospital público de Florencia estaba llena esa noche. Me dejaron un largo rato en una camilla del pasillo principal, con el frío de noviembre que ya se hacía sentir y con un suero mal puesto en el brazo derecho. Los médicos iban y venían, me echaban una miradita y seguían su rumbo; y, de tanto en tanto, el hombre que me había traído en la ambulancia pasaba a hacerme algún chiste o darme algo de charla. Mientras Nacho cabeceaba y luchaba contra el sueño sentado en alguna silla incómoda de la sala de espera, yo probaba los diferentes medicamentos que cada tanto me ponían por el suero y los rechazaba constantemente. Creo que, para ser honesta, fue la noche que más veces vomité en mi vida. No las conté, pero sí sé que fueron muchas y continuas. A la madrugada se acercó el último médico, de los varios que ya habían pasado, y me llevó a hacerme una ecografía. Para ese momento yo ya estaba un poco más animaba o, probablemente, intentaba parecerlo así me daban el alta de una vez y me dejaban volver a la cama dura del hostel que ya estaba extrañado. Mientras me retorcía un poco por las cosquillas del aparato frío de la ecografía, intentaba conversar en italiano con la enfermera que miraba la pantalla atenta, esperando ver si me daba la “buena noticia”. En un momento, entra a la habitación otra enfermera, y ambas empezaron a debatir lo que parecía estar del otro lado de la pantalla. Para su sorpresa –y mi alivio–, todo ese malestar no fue más que una gastroenteritis aguda y, como tal, necesitaba de dieta estricta y reposo. Pasé casi dos días completos tirada en la cama de una habitación compartida de un hostel de medio pelo, con un balde de un lado y galletitas de agua del otro. Gracias, gastroenteritis, porque por tu culpa tuve que pasar dos días en cama; y no solo no pude seguir recorriendo Florencia sino que también me quedé sin ir a Venecia.

 

 

ACLARACIÓN: Buscando entre mis fotos, me di cuenta de que NO TENGO NI UNA SOLA FOTO que retrate estos momentos. Y después recordé el porqué: En Vail estaba demasiado mal como para pedirle a alguien que me sacara una foto; en París me acuerdo de rogarle a Nacho que siempre me cortara las fotos porque detestaba verme con ese aparato en la pierna; y en Florencia simplemente no hubo tiempo (y mucho menos ganas). Así que lamento desilusionarlos pero no tengo ni una sola foto para compartir. Ahora quizás me arrepienta un poco de no haberme sacado al menos una.

 

 

 

 

 

¿Te gustó el artículo? Si te pareció útil o si tenés alguna recomendación o sugerencia, por favor, no dudes en escribirlo debajo en el espacio de COMENTARIOS. ¡Nos encantaría leerte! Muchas gracias por estar del otro lado.