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carta abierta a málaga

querida málaga:

 

Seguramente recordarás que a tu puerto llegué la primavera del año pasado, bastante enojada y sin ganas de caminarte. Me parece que de entrada te dejé en claro que yo no quería verte. Conocerte significaba, en ese momento, una derrota. Sí, suena fuerte pero tengo que serte (y serme) honesta: eso sentí. No sé si alguna vez te conté bien el porqué, pero si tuviera que resumirlo, te diría que fue porque fuiste elegida –no por mí, claramente- para ser la primera ciudad de un viaje diferente; de un viaje que no estaba lista para hacer: el del regreso a casa.

 

Llegué con el corazón cerrado, oprimido, con una angustia escondida en la garganta y con bronca; mucha mucha bronca. Me escuchaste putearte en plena plaza, me viste llorar frente a tu playa; conociste lo peor de mí y aún así vos me mostraste lo mejor de vos. Me diste mar, calor, me diste tus calles repletas de arte y música, me diste calma. Al final, me diste calma.

 

Vista panorámica de Málaga desde la Alcazaba.

 

Fue muy difícil procesar lo que significó para mí llegar ese 14 de marzo y tocarte la puerta. De hecho, ese tedioso proceso aún hoy, casi un año después, todavía me persigue. Si había algo que me entusiasmaba era –probablemente lo único bueno que en ese momento lograba rescatar– saber que a través tuyo iba a pisar por primera vez un continente nuevo; un lugar con el que hacía tiempo soñaba llegar. Gracias a vos conocí Marruecos, el primer país en mi larga lista de favoritos de un continente a menudo dejado de lado. Y por esto te tengo que estar eternamente agradecida: nunca me agobié y deslumbré tanto al mismo tiempo como con ese país.

 

Sin embargo, hasta el día de hoy, aún no logro entender por qué estoy dónde estoy. No tenía que conocerte; perdóname, Málaga, pero mis planes eran otros. Unas semanas de visita en Argentina, frenar y recargar energías, un par de juntadas con amigos y un poco de dosis del abuelo y la familia, y listo; eso era todo lo que –creía que– necesitaba. Con vos aprendí que existe un mundo infinitamente gigantesco entre lo que uno fantasea en su cabeza y la cruda realidad; y dentro de ese universo nada, absolutamente nada, es del todo seguro. ¡Mirá qué vueltas locas de la vida! Yo ingenuamente pensaba que volvía a Buenos Aires por un par de semanas, y ya pasó un año entero.

 

Los tejados de Málaga tienen un encanto único.

 

Entonces, te preguntarás, ¿por qué terminé yendo a verte? Pues es simple (o no): al volver en enero del 2018 a Buenos Aires, algo cambió. Bueno, en realidad fueron muchas las cosas que cambiaron. Pero especialmente mi contexto cambió.

 

La idea era más o menos la siguiente: volver por un mes, esperar la aprobación de la visa de trabajo de Suecia que habíamos solicitado tiempo atrás por Internet y después regresar a Europa. Hacer una nueva experiencia en Malmö, la ciudad que ya habíamos elegido como base para iniciar un nuevo ciclo de ahorros y de aventuras juntos. ¿Pero sabés qué pasó? Subestimé la visita. Sí, Málaga, fue mi GRAN error. Subestimé el lugar, me subestimé a mí misma y, por sobre todo, subestimé los sentimientos de Nacho.

 

Vista de la plaza principal y del anfiteatro romano.

Vista de la plaza principal y del anfiteatro romano.

 

El pasaje de vuelta a Europa ya estaba comprado: un low cost de Norwegian directo a Londres. Desde ahí, la idea era –antes de instalarnos en Suecia– recorrer un poco el Reino Unido y sacarme las ganas de un par de grandes pendientes, como Liverpool y Dublín. No solo era una vaga idea, sino que habíamos comprado todos los pasajes internos. Pocas veces en los últimos años fui tan organizada y adelantada como esa vez. ¿Ironías del destino?

 

Pero, como te decía, los planes no siempre salen como uno espera. Esa visa a Suecia nunca se concretó, ese recorrido por aquellas ciudades nunca ocurrió y mis pendientes seguirán flotado en el aire así, con estatus de pendiente. Lo que sí sucedió, como sabrás, fue el vuelo a Londres. No podíamos darnos el lujo de perder tanto dinero. Aunque si tengo que serte completamente sincera, volvimos a Europa más por mí que por otro motivo. No fue una decisión fácil, como imaginarás. Esa decisión de hacer un viaje corto a modo quizás de “despedida” fue, junto con las demás que le siguieron, una de las decisiones más importantes que tomamos juntos. La idea de regresar y enfrentar los fantasmas porteños que me estaban esperando no entraba pero ni en mis sueños más rebuscados.

 

Entonces volvimos a pisar el viejo continente. Y ahí entras en juego vos, mi querida Málaga: caímos en tu playa por descarte –porque mi suegra estaba trabajando ahí y nos ofreció hospedaje- y todo lo que pasó en el mes y medio que siguió fue como la caída de una ficha de dominó; cae una y las demás caen por default.

 

El puerto de Málaga al atardecer.

El puerto de Málaga al atardecer.

 

La zona portuaria vista desde las alturas de la Alcazaba.

 

De a poco me fui encariñando con vos, cuando volví a ver el mar Mediterráneo que tanta nostalgia me trae desde las altura de tu Alcazaba, cuando entré al museo de Picasso y me perdí entre los turistas que desatentos deambulaban, cuando caminé sola por tu playa y vi caer el sol sobre tu puerto, cuando respiré ese aire cálido sureño y me dije a mí misma: “Esto de alguna manera se va a solucionar”. Fuiste el primer lugar de ese viaje que todavía no logro de entender. Un viaje repleto de reencuentros y emociones que tal vez te cuente en otra ocasión, y con el agregado aterrador de ese nefasto pasaje de vuelta. Del pasaje de vuelta en serio, el de verdad; ese que uno saca con un dolor espantoso en la boca del estómago, y no por adrenalina o felicidad, no, sino porque en el fondo es meramente consciente de que tal vez este regreso será largo e, incluso, hasta permanente.

 

Aunque a veces siento que fue ayer, en realidad pasó ya tiempo de aquel día en que se me vino el mundo encima (sí, ¡qué frase cliché! pero es bastante gráfica). Ese día de febrero, previo a este viaje, cuando me dijo: “Maru, me quiero quedar en Buenos Aires”. ¿Por qué esas palabras no salieron también de mi boca, Málaga? ¿Por qué yo no quise quedarme y darme una oportunidad? Creo que la respuesta la conocemos bien vos y yo –porque algo me desahogué frente a tu playa la Malagueta–: tenía un pánico terrible de enfrentarme con mis recuerdos, con mis demonios, de ver cara a cara esos duelos que había dejado en stand by, escondidos en lo más recóndito de mi memoria. Málaga, te juro que nunca tuve tanto miedo.

 

El hermoso puerto bajo el tinte azul del mar Mediterráneo.

El hermoso puerto bajo el tinte azul del mar Mediterráneo.

 

Tal vez pronto vuelva a escribirte, a contarte un poco sobre estos largos días que por momentos parecen interminables, sobre la desesperación que cada tanto me ahoga y  la felicidad mínima que de a ratos empieza a resurgir cuando veo a mis amigos, cuando charlo con mi hermana, cuando es de tarde y tomo mates en lo de mi abuelo, cuando duermo sobre la misma almohada, cuando veo mis libros fuera de cajas, cuando no uso la misma remera cada día, cuando de a poco voy volviendo a ser.

 

Espero que nuestras rutas nos vuelvan a encontrar en algún futuro próximo. Te prometo que esta vez haré lo posible por verte de nuevo. Sin dudas, te impregnaste fuerte y no puedo pensar en vos sin sentir ciertas contradicciones; pero ya son menos y no tan graves, no te preocupes.  Viste, al final tienen razón: el tiempo lo cura todo.

 

Seguí así de bonita y esperáme con sol la próxima vez.

 

Gracias, gracias. En serio: GRACIAS.

 

maru

 

 

 

 

 

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