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los peligros de volver: el lado «a»

LOS PELIGROS DE VOLVER: EL LADO “A”

 

SPOILER ALERT:

Querid@ viajer@: A continuación, leerás la primera parte de un relato que durante largos meses ha encabezado mi Top 5 de “prioridades pendientes”. Quizás ya te haya pasado, quizás todavía no; tal vez algún día experimentes algo similar, tal vez no. Pero, antes de empezar, dejáme que te adelante esto: los fantasmas de la vuelta son inevitables. Me animo a decirte sin temor a exagerar que, en muchas ocasiones, los miedos que enfrentarás cuando decidas volver de tu viaje serán mucho más complejos que aquellos contra los que peleaste antes de partir. Distinto de lo que creías, TU MOCHILA VOLVERÁ MÁS PESADA.

 

Has sido debidamente notificad@. Si te animas a llegar al final del relato, pues ya es asunto tuyo. No me hago responsable del efecto que estas palabras –espero– produzcan.

CUALQUIER SIMILITUD CON LA REALIDAD ES PURA COINCIDENCIA… o ¿ quizás no?

 

 

 

EL LADO “A”

capítulo I: la ida

Decíte la verdad, dale. Aprovechá ahora que no hay nadie: ¿cuántas dudas te están comiendo la cabeza? ¿Cuántas noches pasaste sin dormir pensando en si el camino que estás a días de comenzar es el correcto? A esta altura, ya te habrás cansado de responder preguntas, de intentar despejar incertidumbres y miedos (tuyos y ajenos; como si los tuyos ya no fueran suficientes). Probablemente estés temblando de nervios; seguro estás feliz de que ese famoso “bichito viajero” te haya picado y, después de muchos años de soñarlo y planificarlo, al fin se te da. Estás por embarcar en una nueva aventura. Estás a horas de subirte a ese tan ansiado avión que te sacará de tus costumbres, de tu barrio, de tu gente; de tu vida predecible y rutinaria.

 

El viaje piloto y mi primer desafío viajero: llegar a Machu Pichu cruzando el Camino del Inca. Junio de 2014 (primer viaje fuera de Argentina).

El viaje piloto y mi primer desafío viajero: llegar a Machu Picchu cruzando el Camino del Inca. Junio de 2014 (primer viaje fuera de Argentina).

 

Estás llegando al aeropuerto. Ves a tu familia sonriendo pero con lágrimas en los ojos y te preguntas (por milésima vez): «¿estará bien lo que voy a hacer? ¿Estaré bien yo allá, en la otra punta del mundo, lejos de toda esta gente que me quiere, sol@, sin nadie que me ayude, que me entienda?». Cerrás los ojos y respirás, te repetís lo que te venís repitiendo desde el primer día, desde el día que fuiste al correo y entregaste tu telegrama de renuncia: «Sí, está bien. Está bien porque es lo que mi cuerpo me pide, es lo que mi espíritu necesita, es lo que tengo ganas de hacer hoy. Sí, está bien porque tengo que empezar a protagonizar mi propia vida y a buscar mi felicidad, que puede ser igual o distinta (¡o DISTINTA!) a la del resto. Sí, está bien que quiera probar algo nuevo, algo diferente; que quiera ver qué más hay». Entonces, también con lágrimas en los ojos, te despedís de tu familia, los mirás por última vez (no te olvidés de esta parte. No se sabe cuándo será la última vez; creéme, sé lo que te digo **leer segunda parte**) y te subís al avión.

 

Atrás dejaste esas largas horas de oficina, ese colectivo que cada mañana esperabas, esos cortes de calle o manifestaciones que te hacían llegar tarde a todos lados, ese tan esperado viernes y tan odiado lunes, esa carrera eterna que terminaste o soltaste, las tardes de mate, los domingos de asado, tu casa, tu almohada; atrás quedó, también, una parte de vos.

 

Uno de los primeros viajes dentro de Estados Unidos con la visa Work and Travel. Utah, marzo de 2015.

Uno de los primeros viajes dentro de Estados Unidos con la visa Work and Travel. Utah, marzo de 2015.

 

capítulo II: la vuelta

 

Notás que tu mochila creció. No entendés bien por qué, si te cuidaste de no llenarte de cosas innecesarias, si aprendiste a no comprar por comprar y al fin sabés lo que significa ahorrar; pero aún así la sentís más pesada. (No te preocupes, es normal). Hay una carga extra que, por suerte, ninguna aerolínea la tendrá en cuenta cuando pese tu equipaje, este “peso extra” no se cobra: volvés, y volvés con tu mochila rebalsada de amistades, experiencias, anécdotas, crisis, frases, nervios, lecciones, fracasos, ansiedades, expectativas y miedos. Quizás a primera vista no los veas, pero están; todos y cada uno. No importa si volvés después de un mes, cuatro o varios años. Mucho menos importa si volvés para quedarte o solo de visita (eso lo dejamos para otro relato); lo que importa es que volvés.

 

Y ahora me gustaría verte la cara: ¿Qué expresión tienen tus ojos a minutos de subirse a ese avión? ¿Esas lágrimas que de seguro están empezando a aparecer son iguales a aquellas que cayeron cuando tomaste aquel primer avión, cuando esta aventura recién estaba iniciando? ¿Qué sentimientos te invaden ahora? ¿Sentimientos que van desde «al fin me voy de acá, extraño mi cama, quiero abrazar a mi perro urgente» hasta «la puta madre, no me quiero ir, saludo a todos un par de días y me vuelvo a ir»? Quizás estés experimentando una rara mezcolanza de varias emociones, todas dispares, incoherentes y hasta contradictorias; quizás no, tal vez sea un único y claro sentimiento el que te llena el alma en este momento, a segundos de que alguien te abrace fuerte y, susurrándote al oído, te diga “bienvenid@ de nuevo a casa”.

 

Una vez que hayas podido escupir “todo” lo que viviste y hayas logrado condensar, con detalles inclusive, cómo fue tu vida en lo que te demoró llegar desde el aeropuerto hasta tu casa, vas a necesitar –seguramente– hacer alguna de estas cosas (o tal vez todas): bajarte sin culpa un pote entero de dulce de leche, comer asado y tomar fernet como si no hubiera un mañana, vaciar pavas enteras de mates con tu familia y amigos, usar tu baño, tu cama, hablar de vos. Sí, serás la novedad, la estrella por un día; dos máximo. Todos estarán pendientes de vos y querrán ver tus fotos y videos, oír tus relatos y envidiar tu suerte. Luego, pasados el primer y segundo día, volverán a sus vidas. Y acá, una vez más, quisiera verte la cara.

 

 

Haciéndole frente al regreso a casa en el Parque Provincial Aconcagua, Mendoza. Julio de 2019.

Haciéndole frente al regreso a casa en el Parque Provincial Aconcagua, Mendoza. Julio de 2019.

 

En este punto, lo que sigue ya es impredecible y cualquier cosa que te adelante quedará minúscula comparada con lo que estás enfrentando en este momento. Puedo, si querés, contarte cómo fue mi ida y mi regreso, pero te aviso que no tiene mucho color rosa, si eso es lo que estás buscando. Sabrás disculpar mi brutal sinceridad, pero –como te adelanté al principio– este ciclo es (a mi modo de ver) el más difícil. Ni yo entenderé tu proceso ni vos el mío, pero quizás nos podamos ayudar, motivar, acompañar. Recordá que ningún viajer@ está sol@.

 

Al igual que vos ahora, yo también necesito desahogar; mi cuerpo –tanto como el tuyo– me pide a gritos procesar todo lo que viví desde aquel noviembre de 2014 cuando en un arrebato de lucidez escribí con manos temblorosas el telegrama de renuncia hasta ese tan temido día de mayo de 2018 en el que “volví” para quedarme. No me alcanzan las palabras para contarte todo lo que viví durante estos años así que, si te seguís animando, te invito a que leas la segunda parte de este relato (aún más crudo y directo) sobre EL LADO B, el mío: la ida y la vuelta de Mariel Ros.

 

 

 

¿preparad@ para la segunda parte?

 

 

 

 

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