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los peligros de volver: el lado «b»

LOS PELIGROS DE VOLVER: EL LADO «B»

 

Si llegaste hasta acá es porque seguramente habrás leído la primera parte de este relato (si no lo hiciste, te invito a que lo leas ahora https://ciclosviajeros.com/2019/09/06/los-peligros-de-volver-el-lado-a/ así, de esa manera, lo que sigue tendrá un poco más de coherencia; un poco, no mucho).

 

En estos años de viaje (que lejos están de ser suficientes) me ha resultado siempre extraño analizar cómo de a poco fui aprendiendo a despegarme de lo material mientras que nunca –al menos hasta el día de hoy– pude aprender a soltar esa mochila invisible que hace años llevo a cuestas: mis recuerdos, los buenos y los malos.

Creo que ha llegado la hora de empezar a vaciar para volver a llenar, de soltar para volver a agarrar. Entonces, sin más preámbulos, te presento mi ciclo viajero: las idas y las vueltas de un viaje que tuvo varias etapas, y no todas fueron buenas.

 

 

diciembre de 2014: mi primera ida

 

No puedo empezar a hablar de aquella primera aventura sin antes recordar mi primer viaje piloto; ese que me confirmó lo que durante años venía sospechando. El viaje que inauguró un nuevo ciclo en mi vida fue a Perú en junio de 2014. En aquel tiempo, tenía que conformarme con mis pocas semanas de vacaciones entonces, después de juntar monedita por monedita, me fui a recorrer parte de ese hermoso país por aire, tierra y agua; superé mis límites en el Camino del Inca; lloré de alegría frente a la inmensidad de la Naturaleza y me encontré, por primera vez, con mi mejor versión.

 

Esas tres semanas me transformaron; algo en mí había despertado. Volví a Buenos Aires con un nuevo desafío en mente: vivir en otro país. Corté una relación de dos años que no me hacía feliz en septiembre, renuncié a mi trabajo en noviembre y, en diciembre de 2014, me preparé para tomar el avión que cambiaría mi historia. Con un pasaporte casi recién sacado del horno y una visa de trabajo que me habilitaba a trabajar durante cuatro meses en Estados Unidos, me fui sola a vivir una experiencia inolvidable. Y acá, el adjetivo “inolvidable” califica lo que sigue en todas y cada una de sus acepciones.

 

Mi primer gran viaje sola a Vail, Colorado. Diciembre de 2014.

Mi primer gran viaje sola a Vail, Colorado. Diciembre de 2014.

 

Si no lo escribo ahora, no lo escribo más; así que acá va: el 2 de diciembre de 2014 fue el último día que lo vi con vida. Antes de subirme a ese avión de American Airlines, despedí a mi familia (aún no del todo convencida con mi decisión) en el aeropuerto. Una despedida común y corriente; una más entre las miles que a cada minuto tienen lugar en los aeropuertos del mundo. ¿Quién sospecharía que esa no iba a ser una despedida cualquiera? Ese abrazo que di, apurada por el personal de seguridad y presionada por las caras impacientes de los pasajeros que tenía detrás, iba a ser el último. Ese día de verano, con botas de nieve y tapada hasta el cuello (lista para afrontar los menos quince grados que me esperaban al bajar del avión), en el aeropuerto internacional de Ezeiza, yo, sin saberlo, abrazaba por última vez a mi papá.

 

Esta es la última foto que tengo con mi papá, despidiéndonos en el aeropuerto de Ezeiza sin imaginar que este sería nuestros último abrazo.

Esta es la última foto que tengo con mi papá, despidiéndonos en el aeropuerto de Ezeiza sin imaginar que este sería nuestro último abrazo.

 

El 19 de enero de 2015, poco más de un mes después, recibo una serie de mensajes de voz que aún hoy retumban en mi cabeza. A las once de la noche (hora local en el hemisferio norte), después de más de nueve horas de trabajo, llego a la casa donde vivía en las afueras de East Vail, Colorado, para encontrarme con la mayoría de mis compañeros y compañeras despiertos; esperándome.

 

La pregunta de Valeria todavía hoy, también, me retumba: “Maru, ¿tenés tu celular sin batería, no? Prendelo. Tu familia necesita hablar con vos”. De forma automática, sin entender bien qué era lo que me estaba sugiriendo, busco el teléfono en el fondo del bolsillo de la campera de nieve –que efectivamente se había quedado sin batería en algún momento– y lo enciendo. Mientras esperaba a que cargara, levanto la mirada y veo un conjunto de ojos serios y lagrimosos. En ese instante empecé a pensar: mi abuelo. ¿Cuántos de nosotros creemos, erróneamente, que la muerte siempre busca primero a los más viejos, a los que han vivido más? El teléfono se prende y de a poco empieza a enganchar señal. De a uno, van cayendo los mensajes de mi mamá. No recuerdo cuántos fueron pero sí sé que fueron muchos y que no los escuché en orden. Empecé a escucharlos a medida que se cargaban entonces demoré un buen rato en entender de qué estaba hablando. Era claro que algo grave había pasado pero nunca ¡NUNCA! imaginé lo que en verdad pasó.

 

Horas atrás, mientras yo reponía un estante de medicamentos en la tienda donde trabajaba cerca del centro de ski de Vail, Colorado, Estados Unidos, en un departamento del barrio de San Telmo, Buenos Aires, Argentina, un pulsor seguía titilando, una hoja de Excel esperaba ser completada, el protector de pantalla de una computadora empezaba a aparecer, un corazón dejaba de latir: un hombre de tan solo 54 años intentaba, sin éxito, inhalar su última bocanada de aire.

 

abril de 2015: mi primera vuelta

 

Volví a Buenos Aires exactamente un día antes de que expirara mi visa, el 30 de abril de 2015. Luego de días y noches enteras de debate interno –el cual no detallaré ahora– tomé la decisión que, hasta hoy, fue de las más difíciles: quedarme en Vail y terminar lo que fui a hacer. Si bien es cierto que, apenas me enteré de lo que sucedió y cuando más o menos pude mover mis pies, lo primero que hice fue correr a la habitación y armar la mochila, me quedé. No hubo un solo día en que no pensara en volverme, ni uno solo; pero me quedé. Me quedé por él, y también me quedé por mí.

 

Cuando volví a Ezeiza, de la mano de mi hermana (quien fue a verme las últimas semanas y con quien compartí un viaje increíble y sumamente necesario), busqué entre las caras, que con una mezcla de alegría y tristeza me esperaban, el rostro de mi papá. Pero no estaba. Si bien esa fue mi primera experiencia viajando sola, lejos y por varios meses, si bien conocí lugares y personas maravillosas, cuando volví no podía –ni quería– hablar de nada. El nudo en la garganta era inmenso: cientos de anécdotas quedaron sin contar, miles de fotos sin mostrar, centenares de recuerdos y experiencias que quedaron a mitad camino porque ¿qué sentido tenían si no estaba él para escucharlas?

 

Ese limbo duró unos largos meses. En abril del siguiente año, decidí redoblar la apuesta y volver a irme. Acá, con el mismo agujero en el estómago y ahora con otros miedos en la cabeza, tomé un segundo avión y me fui otra vez sola, más lejos y por más tiempo.

 

 

abril de 2016: mi segunda ida

 

Volver a pisar Ezeiza después de lo que había pasado el año anterior fue duro, mucho más duro fue entender que una vez más me estaba yendo y que quizás, sin saberlo, de nuevo estaba abrazando a alguien por última vez. Cuando subí al avión, me largué a llorar. Lloré mucho. Tenía un espantoso conjunto de emociones: por un lado, por supuesto, estaba esa adrenalina de un nuevo viaje y de pisar el tan soñado Viejo Continente por primera vez. Pero, por el otro, me invadía una profunda angustia y soledad por esa despedida que no tuve.

 

Después de varias horas de viaje, cuatro fascinantes días de escala en Estambul, perdida entre cafés turcos y rezos de mezquitas, llegué al país que me hospedaría durante el siguiente año: Dinamarca. Acá también aterricé con una visa de trabajo (ver artículo https://ciclosviajeros.com/2019/03/06/visas-work-and-holiday-guia-basica-para-aplicar/ ) adjuntada al pasaporte. Con los ojos de turista más abierto que nunca, recorrí cada rincón de la capital nórdica y después de un par de días, dos buses y un ferry, llegué un 12 de abril de 2016 a la isla que, una vez más, cambiaría el rumbo de mi historia: Bornholm, pleno corazón del mar Báltico. Ahí me reencontré con un gran amigo, un ex compañero de trabajo y alguien que, al igual que yo, compartía las ganas de conocer el mundo. Los cuatro años de amistad previos se fueron en jaque una tarde de abril, a menos de una semana de mi llegada, cuando con mucha timidez, nos dimos el primer beso. Hoy, más de tres años después, cada tanto nos miramos extrañados, cada tanto, todavía hoy, nos besamos con cierto pudor.

 

Casi cuatro años de viajes y experiencias juntos, y seguimos contando...

Casi cuatro años de viajes y experiencias juntos, y seguimos contando…

diciembre de 2016: mi segunda vuelta

 

Esta vuelta fue completamente distinta a la anterior. Una vez más, Ezeiza me esperaría con un lugar vacío, pero en esta ocasión no volvía sola. De mi mano venía él, Nacho. En mi mochila también venían incontables viajes, aventuras, amigos y anécdotas. Volvimos a la Argentina en diciembre de 2016 –antes de que expirara mi visa de trabajo– con casi veinte países recorridos. Ese fin de año hicimos una de las mayores apuestas de nuestras vidas: a todo o nada. Y así, casi sin mucho tiempo para pensarlo, en febrero del siguiente año tomamos la decisión de seguir viaje juntos.

 

 

febrero de 2017: mi tercera ida

 

El 14 de febrero de 2017 partimos para Francia. Ahí, una vez más, la visa de trabajo nos daba un respiro. En esta ocasión, no salíamos de Ezeiza sino de Aeroparque. Y acá es donde otro aeropuerto toma notoriedad en mi vida: ahora eran dos familias las que me despedían, la mía y la de él. En la mía, por supuesto, faltaba alguien importante, pero había otra persona que llegó minutos antes de que pasáramos la fila de migraciones y, con la lengua afuera y los ojos llenos de lágrimas, gritó mi nombre desde lejos y corriendo llegó a abrazarme: mi tío Gaby, el hermano mellizo de mi papá.

 

Hay gente que aún no me cree que yo misma, siendo hija de uno de ellos, a menudo me los confundía cuando los veía de lejos. Su andar, su voz, su risa; todo era una misma persona. Aeroparque me dio la despedida de mi tío, pero también me dio, de alguna forma, el abrazo que ya no tenía de mi papá. El parecido era tal que yo, a veces, me mentía y consolaba creyendo que, al abrazar a mi tío, también de alguna forma lo estaba abrazando a mi papá. Mi tío lo sabía y no le importaba; era nuestro secreto. Y acá, si seguiste el hilo de lo anterior, creo que quizás podrás imaginar por qué me extiendo en este punto: sí, así es; ese 14 de febrero a minutos de subirnos al avión que nos llevaría a Francia, abracé –de nuevo sin saberlo– por última vez a mi tío.

 

Como no puedo encontrar la última foto que tengo con mi tío en Ezeiza, muy parecida a la última con mi papá, comparto esta; por pura nostalgia.

Como no puedo encontrar la última foto que tengo con mi tío en Ezeiza, muy parecida a la última con mi papá, comparto esta; por pura nostalgia.

 

enero de 2018: mi tercera vuelta

 

 

El calor en Buenos Aires empezaba a sentirse mientras que en Niza, ciudad que habíamos elegido para vivir, el otoño ya se hacía notar. Septiembre había comenzado y las temperaturas de un lado del mundo y del otro eran distintas. Sin embargo, había algo que se estaba sucediendo casi al mismo tiempo en ambos lugares: mientras yo limpiaba el espejo de una habitación del hostel donde trabajaba en Niza, zona sur de Francia, mi tío limpiaba la terraza de una casa en el barrio de Los Polvorines, zona norte de Buenos Aires.

 

Y acá no creas que copié y pegué porque no; increíblemente la historia se repite: audios y llamadas perdidas a un teléfono sin batería, frases incoherentes y sin sentido, pedidos de explicaciones, caos, llanto; mucho caos. No quiero que dejes de leer este relato así que prometo ahorrarte los detalles. Dejáme solo contarte que estos dos mellizos nunca supieron estar separados, nunca. Un estúpido accidente doméstico hizo que se reencontraran y que juntos, desde algún lugar del Universo, cuiden de esta humilde viajera.

 

La vuelta de este viaje llegó varios meses más tarde; con la misma sensación de años anteriores, con las mismas dudas y la misma tristeza. Otra vez, la mochila se hinchó de lugares y personas, pero mis ojos seguían melancólicos. Ahora, había dos personas que no estaban para recibirme y celebrar mi regreso.

 

 

hoy en día

 

El hoy en día es difícil de describir porque depende de qué día analicemos. Es decir, ningún día me siento igual al otro. Volvimos a Buenos Aires un 22 de enero de 2018 con un pasaje de vuelta a Europa para abril y una nueva visa de trabajo en trámite. Volvimos con la idea de pasar unos meses quietos y en familia antes de empezar una nueva aventura en Suecia.

 

En febrero, Nacho me confiesa que quiere quedarse en Argentina. Usamos ese pasaje que ya teníamos comprado y nos fuimos a modo de “despedida” a recorrer algunos países que habían quedado pendientes y a visitar amigos. Volvimos, una vez más, a fines de mayo de 2018, esta vez sin otro pasaje: volvimos para quedarnos. Lo que sucedió desde ese mayo de 2018 hasta hoy, novimbre de 2019, lo voy a dejar para otro día porque esta vuelta fue muy diferente a las demás, y también merece ser desahogada.

 

Simplemente voy a cerrar este capítulo con las siguientes dos aclaraciones:

 

  • Nada está garantizado, como ya sospecharás: nada ni nadie. No pierdas ni un segundo de tu vida en lo irrelevante porque quizás sea el último. No vivas a las apuradas pero sí viví consciente de que tenés una sola vida: usála, y usála bien.

 

  • Cuando me preguntan qué aprendizaje me han dejado estos años de viajes pienso en ellos primero, en mi papá y en mi tío; pienso en que hoy soy un poquito más fuerte que ayer; pienso en que tengo mucho más coraje del que pensaba; y pienso en que puedo lograr lo que me proponga. Vos también podés.

 

 

Estás llegando al final de este relato; un relato crudo, directo y muy personal. Te mostré sin tapujos que viajar también tiene su lado oscuro y te conté, de la mejor manera que pude, cómo fueron estos últimos años de mi vida viajera. Si leíste con atención, te habrás dado cuenta de que, más allá de las experiencias que viví, mis ganas de explorar y conocer fueron siempre más fuertes, entonces: ¿todavía pensás que es tan malo viajar? ¿Todavía crees que hay obstáculos o excusas? Si, después de tanto dolor, yo me animé a querer seguir… tan malo no debe de ser, ¿no?

 

Que hayas leído esto es un alerta: algo en vos se está gestando; no lo dejes ir.

 

 

 

 

 

 

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